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Alirio Montoya | Escritor cobalaborador de  Universidad Luterana Salvadoreña

No se puede determinar con la oportuna precisión el hecho consistente en que si primero fue la religión en aparecer en escena y después la política, o si ambas se llevan bien de la mano y son al fin y al cabo mecanismos complementarios de dominación global. Pero estas dos categorías, en efecto, tienen demasiadas similitudes. Es decir, que tanto en la política como en la religión nos encontramos con matices amalgamados de disensiones, pleitos, guerras, enemistades, asesinatos, torturas, intrigas y traiciones, entre otros males. Porque tanto en la religión como en la política el fin último de ambas es la toma del poder por parte de unos pocos con el fin de someter a las masas de cualquier manera.

Esto lo podemos constatar y confrontar con la historia. Por supuesto, no pretendiendo menoscabar en el reino de la metafísica y de la axiología formal abstracta, podemos, a manera de ejemplificar la íntima relación entre estas dos categorías con los siguientes hechos que registra la historia. La Biblia nos habla de un pueblo que buscaba la tierra prometida, la tierra donde fluía la leche y la miel, la cual es una enorme extensión de tierra desértica pero habitada en antaño por otras tribus, pero que, a través de argumentos religiosos otro pueblo apela porque esa tierra sea de ellos en su totalidad, tal cual se las prometió su dios; y afirman que los que la ocupan son usurpadores y deben ser desalojados. Desde ese momento inicia una cruenta guerra que se ha prolongado hasta nuestros días. Y lo más curioso es que ese enfrentamiento bélico es ahora estrictamente político, dejó por tanto de ser una lucha robustecida de religión pura.
Muchos años después aparecen las inhumanas cruzadas que, en nombre de dios destruían tribus y pueblos enteros. La Santa Inquisición, también en nombre de dios mandó a la hoguera a miles y miles de hombres y mujeres inocentes. Hay un pasaje de la historia en donde se manifiesta de la forma más diáfana la esencia de la intriga en lo religioso. Esto sucede justamente en Roma la grande, la omnipotente, la gran ciudad sin ley, donde imperaba el caos. Corría el año 1492, y tras la muerte de Inocencio, se instala el Cónclave Cardenalicio en la capilla Sixtina para elegir al nuevo Papa. Habían tres personajes papables que gozaban de una u otra forma de cierto apoyo por parte de los Cardenales, ellos eran: Ascanio Sforza de Milán, Della Rovere de Nápoles y, el que tenía menos posibilidades por ser oriundo de Valencia, España, era Rodrigo Borgia, apellido éste que originalmente era Borja.

Pero en la primera ronda, después de tres días de arduas deliberaciones y oraciones al eterno dios del olvido, ningún Cardenal obtiene los votos necesarios; la elección queda de la siguiente manera: los cardenales Sforza y Rovere obtienen ocho votos cada uno, seguidos por Rodrigo Borgia que obtiene únicamente siete votos. Aquí viene lo sorprendente. A los tres días después, se asomó repentinamente a la ventana de la capilla Sixtina un Cardenal diciendo lo siguiente: "Habernos papa. El cardenal Rodrigo Borgia de Valencia. El papa Alejandro VI. ¡Alabado sea el Señor!" Es justamente aquí donde surgen las mil interrogantes. ¿Con quien tuvo que negociar Borgia para lograr ser el nuevo papa? ¿Con los votos de Sforza o con los de Rovere? ¿O acaso con los votos de ambos? Este es uno de los grandes misterios, es la gran intriga del catolicismo medieval.

En la política también ha habido tremendas intrigas. Existió en Francia un personaje de lo más vil. Su nombre, José Fouché, un conspirador, traidor, experto y sediento de la intriga. A su ingreso a la política, en la era esplendorosa de la Revolución Francesa, se une al partido de los moderados, a los girondinos, quienes deciden categóricamente perdonarle la vida al Rey Luis XVI. Pero Fouché no se precipita, espera ver quien tiene la mayoría para hacerse al lado de ellos. Esta es la viva expresión del juego sucio de la política que ha logrado extenderse hasta nuestros días. Los girondinos caen, Fouché queda; los jacobinos son arrojados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado, el Imperio, el Reino y otra vez el Imperio zozobran y desaparecen, pero siempre queda él, el único, Fouché, gracias a su refinado retraimiento y a su valor audaz para perseverar la falta absoluta de vanidad.

Le llega la hora de dar su voto, una noche antes había redactado un manifiesto implorando clemencia por el Rey, pero, como un experto en matemáticas, percibe que los moderados van perdiendo, por lo que sube al estrado y pronuncia una palabra: La mort. El argumento de esa traición lo justifica diciendo que “si no cae su cabeza enseguida bajo la espada, pueden caminar tranquilamente con las suyas erguidas todos los ladrones y asesinos, y el caos más terrible nos amenazará. Los tiempos están con nosotros y contra todos los reyes de la tierra”. Este es el verdadero retrato de los políticos.

Recientemente, en septiembre de 2001, Osama bin Laden, desde las cavernas de Afganistán planea un atentado, el derrumbe de dos enormes edificios por el choque frontal de dos aviones. Esto, dicen algunos investigadores que fue con el beneplácito del gobierno de los Estados Unidos, porque necesitaban ser atacados para justificar su “guerra contra el terrorismo”. Algo similar hizo Adolfo Hitler, cuando ordenó que incendiaran el Reichstag para justificar la invasión a Polonia.

Este señor Bin Laden, en nombre de Alá, de dios, decide atacar al imperio norteamericano, pero el ex presidente Bush hijo, declara inmediatamente después de esos horrorosos atentados su guerra contra el terrorismo y, de manera subliminal utiliza un pasaje de la biblia: “O están con nosotros o están con los terroristas”, parafraseando un versículo de la biblia: “el que no es conmigo, contra mí es”.

Un amigo lector venezolano, a raíz de un artículo que publiqué en http://aporrea.org (Aproximación sobre el origen del Estado), me hizo una pregunta que no dejó de sorprenderme, ¿Por qué eligieron a Mauricio Funes como candidato a la presidencia, a sabiendas que era de derecha? Creo que aquí el jueguecillo de la política se apersonó nuevamente. ¿Sabía o no la Comisión Política del FMLN que Mauricio Funes no era ni siquiera un socialdemócrata? ¿Qué objetivo perseguía la Dirección del Frente con llegar relativamente al poder? ¿Aprender a gobernar? ¿Compartir el poder con la nueva oligarquía salvadoreña? Definitivamente, a mi amigo lector venezolano no supe responderle con la debida precisión. ¡Que alguien me explique¡

Me hago finalmente los siguientes interrogantes ¿Hasta cuándo durará ese connubio entre religión y Estado? ¿En qué le ha beneficiado la religión y la política a la humanidad? O como diría un camarada ¿Será que la iglesia le dio cátedra a los políticos para actuar de la forma más abyecta y vil?

La infamia de la religión y de la política ha encausado a la humanidad entera a una guerra inclaudicable por el poder. Los líderes políticos y religiosos sedientos de poder, de forma inescrupulosa asesinan, torturan, engañan, roban y cometen miles de acciones inhumanas con el único fin de mantenerse en el poder y someter a las masas, a las grandes mayorías. ¡Hay de aquellos borregos que se decantan por ser utilizados por la religión y la política! Bien por nosotros, hombres sensatos que hemos decidido vivir apartados de esos dos grandes males de la humanidad.