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Rodolfo Jenkins*. Cuando hablamos o escribimos, estamos sujetos a cometer errores de dicción o de ortografía. Ello es comprensible y hasta disculpable, especialmente cuando se trata de yerros de poca monta o de simples pifias. Pero resulta imperdonable que propinemos verdaderas estocadas al idioma castellano, deformándolo  y maltratándolo hasta límites inadmisibles.


Veamos algunos ejemplos: “ estuve en lo que es Santa Tecla” en lugar de “ estuve en Santa Tecla”; “comí lo que es pan con pavo” en vez de “comí pan con pavo”; “llegaré a la mayor brevedad posible” en sustitución de “llegaré a la brevedad posible”; “nos contaron de que” en lugar de “nos contaron que”; “las noticias sucedidas” en vez de “las noticias de lo sucedido”; “nos vemos mañana” en sustitución de “nos veremos mañana”; “hubieron muchos vehículos “en lugar de “hubo  muchos vehículos”; etc.


Y que decir de los siguientes barbarismos: haiga, irterperie, veinte a las nueve, iyendo, dijieron, concidiera, usté, verdá, tiya, miya, preba, etc.


O que pensar de algunos presentadores de ciertos programas de televisión, que en un lapso de pocos minutos repiten frecuentemente vocablos tales como “digamos”; o  de ciertos personajes que mientras son entrevistados pronuncian varias veces  la frase “¿como se dice?”.


Pero si reflexionamos un poco, probablemente llegaremos a la siguiente conclusión: no toda la culpa de tales yerros debe recaer en quienes actualmente hablamos o escribimos, puesto que el nivel  educativo alcanzado por cada uno de nosotros es, en buena parte, resultado de la calidad de la enseñanza que recibimos en el hogar y en la escuela.


A propósito de esto último: recientemente, en un colegio renombrado, la maestra de un grado de primaria escribió en la pizarra un texto (copiándolo de una obra clásica de la literatura) ¡ y allí ella cometió doce faltas de ortografía!. Y hace unas dos o tres décadas fui testigo de que  una maestra, en un colegio bilingüe, acudió al Director para comunicarle que un alumno (entonces de unos 7 u 8 años de edad) era incapaz de rendir bien en sus estudios, debido a que ocupaba gran parte de la jornada escolar en lanzar “avioncitos de papel” y en distraer a sus compañeritos relatándoles cuentos de viajes interplanetarios. Actualmente aquel niño, ahijado mío,  es un profesional que obtuvo un promedio de 8.9 en las calificaciones finales correspondientes a las asignaturas de su carrera universitaria; es asesor de empresas en El Salvador y en el extranjero; y domina cuatro idiomas. Y como postrer ejemplo: el Vice-Rector de una Universidad privada, al que yo accidentalmente acompañaba en cierta ocasión, fue abordado por un profesor de esa institución para mostrarle, orgullosamente, el trabajo que habían hecho sus alumnos: una cartulina en la que estaban engrapadas unas diez fotografías ¡de esos mismos alumnos, engrapando fotografías!.


Y este es el momento preciso en el que debemos diferenciar la calidad de la enseñanza escolar de antaño con la de hogaño. Veamos: en la medianía del Siglo XX los salvadoreños teníamos dos clases de maestros: a) los generalmente buenos profesores egresados de las denominadas  “escuelas normales de maestros”, y b) los graduados universitarios: médicos, químicos, ingenieros, etc; que impartían a sus alumnos (durante la “hora clase”) sus  lógicamente sólidos conocimientos de Anatomía,Química, Física, Trigonometría, etc.  Y como si ello fuese poco: en el caso particular de la promoción de la que  formé parte, la profesora de francés fue una señora francesa; la de inglés fue una señora jamaiquina; y el de latín fue un ex-cura.


Si se desea más pruebas del deterioro de la calidad de la enseñanza, veamos los pobres resultados de la PAES: verdaderamente lamentables.
Y para finalizar: disculpe usted, estimado lector o lectora, los errores de redacción o de ortografía que yo haya cometido al redactar este artículo...

* Rodolfo Jenkins es catedrático de la Universidad Luterana Salvadoreña.